Musa – La Felicidad

La aclamada y dudosa felicidad

Marioska F. N.

«La felicidad es la finalidad última de la existencia humana”

ARISTÓTELES

Un día volvió aquella que años atrás le había dejado inconforme.

Ya no era aquella niña de 10 años a la que le encantaba jugar y fastidiarle. Ahora era toda una señorita. Y no sólo eso, sino que era la más hermosa de todas. Tenía un aire seductor que era imposible de esquivar.

Al verla se quedó perplejo: no sabía cómo reaccionar. Desde que se había ido todo le parecía igual, estaba fatigado de su vida en el campo a la cual una vez fue tan complaciente. Recordó que cuando ella se fue a la ciudad, estuvo varias semanas sin salir de su casa, sólo se quedaba observando aquella vieja ventana, cavilando que algún día ella prendiera la luz de su habitación y así, él sabría que habría vuelto.

Siempre supo que ella no pertenecía a este mundo, pero al volver a verla se convenció completamente.

Esa sonrisa que hacía que cualquiera cayera a sus pies, esa alegría irremediable y contagiosa. Pero sobre todo, esa dignidad, soberbia y astucia que le decía que nunca iba a ser suya, ni de nadie.

Esas son las cosas por la que cada vez que se acercaba a ella la sentía un poco más lejana a él y tan intocable. Después de hablar con ella un rato de las inmensas ciudades que conoció, de su trabajo como modelo, de los bailes en los mejores lugares de la ciudad y los cortejos por demás que tenía, decidieron ir a dar una vuelta por el campo, como cuando eran niños.

Nada había cambiado, ella seguía haciendo los mismos chistes horribles y al terminar festejaba su propia elocuencia, obligándole a sonreír.  

Se sentaron en la loma de santa, desde donde se podían ver las luces lejanas de la ciudad y todo el inmenso campo. Él notó como sus ojos se iluminaban al ver aquellas hermosas luces, que se veían tan distantes, siempre mirando al horizonte. ¿Que pensará? ¿Ya querrá irse? Esas eran las preguntas que irremediablemente iban a su cabeza. Aun con miedo de saber su respuesta se animó a preguntarle, por qué había vuelto a aquel desolado campo

 -Inés ¿por qué has vuelto?

Ella se paró y se fue caminando. El la siguió como siempre en su eterna búsqueda, un paso atrás, mirando su diminuta espalda alejarse de él otra vez. Y cada vez que intentaba acercarse, ella aceleraba más el paso.

 – ¿Que te sucede acaso te enojaste? le dijo.

De repente paró y con tono soberbio le respondió: ¿Qué te parece Benjamín?, ¿dime?  acaso crees que he venido a ver como arrean las vacas, sabes que nunca me ha interesado el campo y después de lo de papá… Solo he venido por una cosa… Por ti. Tenía ganas de verte querido amigo. Se acercó y lo abrazó fuerte. 

El no pudo decir ni una sola palabra, nunca pensó que era tímido y tampoco creía que lo fuera, solo que, si en ese momento hubiese dicho palabra alguna, quizás no la hubiera vuelto a ver. Al regresar a la casa había oscurecido. Mientras caminaban perdieron la noción del tiempo conversando y poniéndose al día de todo lo que pueden hablar dos amigos de infancia que tenían tiempo sin verse.

Él la despidió y su madre le dijo que la próxima los acompañara a comer, mientras ella asentía con una sonrisa. A la hora de la cena él comió lo más rápido posible sólo para ir a observar aquella ventana, que un tiempo se vio tan insulsa y lúgubre, pero que ahora se iluminaba y volvía a recuperar su alegre color.

No podía dejar de sonreír; se quedó observando hasta que ella apagó la luz y como algo premeditado cerró sus ojos y se durmió profundamente.

A la mañana siguiente, se despertó más temprano de lo previsto. Hizo sus quehaceres y fue a visitar a su querida amiga. Al tocar a la puerta su madre Juana le invito a pasar mientras le ofrecía una taza de café.

 – «Pasa querido, mira lo que has crecido estás hecho todo un hombre». Al decir estas palabras se acercó y le sujetó las mejillas, de la misma manera que solía hacer cuando era pequeño, por lo cual él no quedó muy convencido si de verdad había crecido. Le pregunto por Inés. 

  • ¡Y, Ben!  sigue durmiendo no está acostumbrada a la vida en el campo, en la ciudad solía levantarse pasada la 12. Soltó una risita.

En ese momento eran las 8:16, lo que era muy temprano para ella. El la esperaba ansioso mientras tomaba su taza de café, en un momento hasta pensó en ir a despertarla, se le pasaban por la cabeza innumerables pensamientos absurdos, pero al final se tranquilizó cuando escucho su voz mañanera grave y dulce a la vez, que por alguna razón lo hacía sentir como un esperpento.

Él siempre se sintió inferior a aquel ser curioso y amante de la libertad. Tenía una admiración ciega hacia ella que con su coraje podía lograr lo que fuera. Quizás fue su imaginación, pero ese día sintió que le habló con el tono más dulce de todos, incluso más que el día de su entrañable despedida. Para él fue un sentimiento inexplicable escuchar su voz entusiasmada diciéndole:

– Hola, Ben.

El sintió tanta nostalgia y sentimientos encontrados que se dejó llevar por todos esos años que habían pasado juntos en su niñez. Respondió con total naturalidad como si el tiempo nunca hubiera pasado.

 -Vamos a montar? dijo. 

Se suponía que su voz había cambiado, que era la de un hombre, pero en ese momento parecía que había retrocedido y tenía 10 años. Ella asintió con esa sonrisa inocente de siempre, que lo dejaban sin palabras. Él esperó a que ella se arreglara con toda la paciencia del mundo, pero el tiempo pasó tan rápido que se preguntaba si es que había madurado o que quizás se había acostumbrado a esperar tanto que una hora le parecían minutos.

Al verla, la noto un poco nerviosa, pero dudó de si sería sólo su imaginación. Estaba tan feliz que no podía disimular su enorme sonrisa.

La vio más hermosa que nunca, llevaba un vestido Aldeana de flores rosas que se fundía en su silueta y le quedaba perfectamente entallado. Su piel oscura al ser iluminada por los rayos del sol brillaba como nunca. No pudo quitarle los ojos de encima ni un segundo e incesantemente venían pensamientos a su cabeza sobre que tendría puesto debajo. 

Al llegar a una inmensa pradera, decidieron dejar descansar los caballos. Ella se quitó los zapatos para poder sentir yerba en sus pies descalzos.

Comenzó a bailar y corretear por el lugar. De vez en cuando veía alguna flor silvestre y se detenía a observarla. Él la miraba sentado en la sombra de un alce, por un instante pensó que ella iba a desaparecer y que todo se trataba de un sueño. Sintió pánico, miedo, una angustia inmensa de que pudiera volver a alejarse de su vida. Tomó el impulso de ir tras ella mientras trataba de captar su atención haciéndole preguntas.

 – ¿Qué es para ti la felicidad Inés? preguntó, ya agotado de la persecución.

Ella caminaba desprevenida mientras le respondía con aire filosófico

– Para mí la felicidad es la libertad, el poder elegir, el tener conocimiento de quien eres. Y eso Benjamín es lo más importante, porque te da el poder de ser auténtico, de ser tú, que es mucho mejor que tener poder sobre los demás.

La felicidad es individual y egoísta, no puedes depender de nadie más que de ti. Aunque a veces eso después te conlleve a la soledad ¿Has pensado que cuando ayudas a alguien lo haces más por tu satisfacción que por la del otro? Ella seguía alejándose mientras hablaba, caminando y persiguiéndose a sí misma sin mirar atrás. Ben se acercó y se detuvieron en aquel lugar rodeado de naturaleza. Ella volteó y vio una implacable determinación en él.

Él tomó su mano y ella recostó su rostro en su muñeca. – ¿Y que es para ti la felicidad Benjamín?

«Eres tú», le respondió.

Pasión liberada

Ella seguía con su cara apoyada en su mano, como una gata mimosa que busca afecto. Esa escena parecía una fotografía perfecta. Con un decorado magnífico de flores, naturaleza y el sonido de fondo. El continuó mientras la miraba. 

– No me importaría que mi felicidad dependiera de alguien más. Si se trata de ti. ¿Crees que podrías intentar ser mi felicidad? 

Ella se quedó sin habla, no podía decirle o no sabía cómo decirle que ella solo había vuelto por él, que todo este tiempo había soñado innumerables veces con volver a verle. Que a pesar de que amaba su libertad nada se comparaba con ese afecto casi estúpido que sentía por él.

No pudo emitir sonido alguno, era tan repentino e inesperado que sólo se acercó y lo besó con una pasión abrumadora. La energía sexual que emanaba era tanta que no podían despegarse y estaban los dos apoyados uno en el otro.

Cuando se miraban podían saber exactamente lo que el otro quería y solo era arrancarse la ropa y convertirse en uno. Ben la tomó con fuerza por la cintura, la alzó y la colocó encima de su miembro ya erecto. Ella lo observaba con ojos curiosos mientras desataba el nudo que llevaba en el pecho su vestido de flores.

No pudo evitar morderse los labios mientras él tomaba con fuerza sus senos y los besaba, Su respiración se agitaba cada vez más, de vez en cuando la observa gemir de placer mientras su entrepierna jugaba con su pene.

Los dos estaban tan conectados que no había necesidad de decir nada. Ella lo miró fijo a los ojos mientras sus manos se deslizaban dentro de su pantalón, él se ponía cada vez más duro, tanto que pudo sentir el palpitar de sus venas y moría de placer viendo cómo ella introducía su miembro en la boca, esa boca carnosa que a su vez le decía que tenía el control, que iba hacer lo que le plazca con él.

Empezó a besarlo despacio, a pasar su lengua húmeda desde el tronco hasta la punta, él le sostenía el pelo acompañando el movimiento de su cabeza que se deslizaba de arriba abajo una y otra vez volviéndolo loco de placer, no pudo aguantar las ganas de sentir su vagina.

Entonces la detuvo. El impulso de tomarla se hizo incontrolable y ella no se resistió. Parecía que se había vuelto una persona sumisa, de repente le cedió todo el poder y dejó que él disfrutara sus labios con cada bocado.

Recorrió con besos suaves por toda su vagina, su lengua jugueteaba lentamente con su clítoris que había doblado su tamaño de tanta excitación.

Mientras, sus dedos se deslizaban casi solos, de lo húmeda que estaba. Los dos pedían a gritos ser uno: unirse y olvidarse de su individualidad.

Ella no se contuvo, no le importó lo que podía pasar más adelante. Solo disfrutó de ese orgasmo que se sintió como el último suspiro de una musa encarnada en las artes más hermosas. Fue tan inigualable y precioso como las recónditas aguas de la fuente Hippocrene. Ella se sumergió, se dejó llevar, no adelante ni atrás. Sólo a su lado. Mientras gemía de placer…

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